16 de Noviembre de 2009. Es de noche, y es una noche muy tranquila y quieta. Es la clase de noches en las que pueden pasar esos momentos mágicos que siempre recordarás. O la clase de noches en las que te vas a dormir contento, feliz, relajado, con la imagen mental de las cosas buenas que han ocurrido. Pero también puede ser una de esas noches de reflexión, donde piensas y das vueltas a lo que te ha pasado durante el día, en las que intentas averiguar qué hiciste bien, qué hiciste mal, qué sentido tiene todo y hacia dónde te estás dirigiendo. Para mí esta noche tan quieta es de ese último grupo.Y normalmente me gusta hacer eso. Me gusta analizar lo que ha ocurrido, mirar hacia el horizonte y ver hacia dónde me llevará, comprender qué pensaban y sentían los demás cuando hablaban conmigo, decidir hacia dónde debo seguir caminando. Pero hoy no, porque hoy sé que por mucho que me esfuerce en caminar hacia algún lugar, no me moveré del sitio, ni siquiera importa si el rumbo que intento tomar es el correcto o no. Hoy solamente puedo ver una y otra vez las mismas cosas, los mismos momentos con los que ya he llegado a todas las conclusiones a las que podía llegar, pero que siguen aquí atormentándome. Me veo a mí mismo empezando a escribir un capítulo de mi vida, usando una pluma para que quede más bonito, para que quede perfecto y al mirar atrás pueda sentirme orgulloso; pero sólo he conseguido que acabe todo borroso y lleno de manchones, porque no sé escribir con pluma. Me veo a mí mismo con un martillo y un cincel, intentando esculpir en piedra unas columnas robustas y fuertes, que aguanten el peso de todo lo malo que pueda venir en el futuro. Repasándolas una, y otra, y otra vez para corregir todos los defectos que les voy encontrando; pero sólo he conseguido tener unas columnas demasiado delgadas que se han venido abajo con la primera brisa de viento, porque no sé esculpir columnas. Me veo a mí mismo intentando tragarme toda la incertidumbre y todos mis miedos, intentando parecer fuerte, valiente, seguro y constante en los momentos de debilidad, para que las personas más cercanas puedan apoyarse en mí y sentirse mejor. Pero sólo he conseguido parecer una persona fría y calculadora, sin una pizca de pasión, porque no sé parecer fuerte y al mismo tiempo mostrar lo inseguro que soy en realidad.

¿Por qué estoy viendo todas esas cosas una y otra vez? Ya no voy a sacar más conclusiones, ya no voy a poder arreglar nada. Quiero parar. Quiero poder dormir con tranquilidad. Quiero ir al mar y tirar esa pluma, ese martillo, ese cincel y toda esa seguridad para no volverlos a ver nunca más. Para que la corriente los lleve hasta donde no puedan atormentar a nadie. Pero el silencio no me deja. El silencio solamente sirve para recordar al hombre todos sus miedos, amplificar sus inseguridades, dar rienda suelta a su cerebro y que se dirija por senderos completamente desconocidos e imprevisibles, de los que no sabemos cómo volverá. No quiero eso, quiero escuchar ruido de gente que se marcha a trabajar, de niños que van al colegio, de gaviotas que van a recibir barcos al puerto, de viento viajando entre las ramas de los árboles. Quiero que mi interior vuelva a relacionarse con mi exterior en vez de bucear dando vueltas sobre sí mismo. Pero ese silencio sigue ahí y no me deja. Tengo que hacer que se marche. Tengo que hacer que se calle. Pero no sé como, y no puedo más que seguir encerrado en mí mismo mientras veo cómo esta noche está empezando a irse, terminando con el final más horrible de todos: un largo silencio. Nada debería terminar nunca con un largo silencio.


















